“Solo has nacido para ver. Mi madre siempre me decía que yo no veía más que brumas en la vida. Que extraía de la vida una bruma que me permitía atenuar – cuando a veces no distorsionar la realidad. Bruma, luz. La grande al fin. Donde ya nada que ver. Que decir. El logro de una tranquilidad. Aunque el ojo se cierre y se abra no verá más que bruma. Decía que ella a veces envidiaba la bruma como delgada telaraña que yo construía. No se si la palabra es colorear. Ella decía que estaba en mi naturaleza. La bruma colmaba mi vida. La inundaba siempre. Yo no la entendía. Por ejemplo: no sabía si me estaba elogiando o haciéndome una crítica feroz. Pienso ahora que tal vez la duda permitía algo, como soñar en mis brumas por un rato... tal vez. Pero la verdad es que nunca supe el verdadero significado de lo que mi madre me quería explicar.”
Pepi, Pipi y Eusebio viven en un agujero casi infecto, donde antes de ir a dormir es mejor prender la luz. "Así las ratas no entran", dice Eusebio.
Un no lugar. Iluminación y escenografía destacan esa condición, de la que sus habitantes no reniegan. Apenas Eusebio, interpretado por Eduardo Tato Pavlovsky, amenaza con llenar el espacio de recuerdos, Pepi, en el cuerpo de Susi Evans, hace su valija y amaga irse. "Esto se está convirtiendo en un lugar. Es horrible. La mezcla de lugares y recuerdos", justifica. Pero no se va.
En el agujero todo rueda. Las mesas, las sillas. Un timbre marca los tiempos. Suena y entra Eusebio. Vuelve a sonar y una cuna rueda hasta el tope de la vía. "161 - Horacio", dice el cartel que la identifica. Suena. Hora de comer. La dignidad de los tres aflora por un rato. "Brindemos. Sin rencor", proponen.
En el agujero todo es automático. No. Está automatizado. Una mano en una teta. El sexo, o algo así, antes de dormir. Timbre. La cuna de "323 - Amalia" choca la anterior. Después, otro, y la "125 - Alicia". Uno más, y la de Azul. Sin número.
Desde el agujero, Evans monologa sobre los que viven afuera y eriza la piel. "Se pudren sin saberlo. Ignoran la podredumbre. Creen ser felices. O simulan. No les gusta vernos", dispara.
En Sólo brumas, Tato Pavlovsky describe la naturalización de lo monstruoso. Con la ajustada dirección de Norman Briski, Pavlovsky, Evans y Mirta Bogdarasian comparten una realidad que la bruma distorsiona.
Más timbres. Más cunas. La tensión crece en un ámbito sombrío, impersonal, patético. Las mujeres meten los cuerpitos de los bebés en bolsas de residuos. Los tiran. No muestran dolor. Ni rencor. Nada.
Hasta que la rebeldía estalla, y Eusebio arremete con toda su voz. "Fundamos un territorio para todo. Lenguajes tabicados", denuncia. Escupe las palabras. Provoca. Desafía. "Crear el lenguaje nuevo de ese nido de lo subhumano. Pornografía en serio. Pobreza - indigencia en serio. No con palabras estadísticas", brama. Sus ojos se agrandan. "Hay que inventar un lenguaje que no produzca belleza, sino hambre infinita, mortalidad infantil, donde nuestros ojos se desorbiten como monstruos sin lactancia. Una gran tumba a la belleza. No cambiemos a los hombres. Cambiemos su lenguaje", reclama.